Escrito por Jan Uve
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CD Recopilatorio "Piano para la Paz Interior"
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Hay actos que resultan difíciles de comprender. No porque desconozcamos lo ocurrido, sino porque no encontramos ninguna razón capaz de explicarlo.
Hace unos días, alguien arrojó ácido sobre el piano público de la plaza de Catalunya, en Barcelona, y dañó gravemente su mecanismo interior. Además, en otro acto vandálico, le arrancaron una decena de teclas. El instrumento ha quedado temporalmente fuera de servicio y tendrá que ser reconstruido prácticamente por dentro. Un voluntario ya está trabajando en la fabricación de un nuevo mecanismo y un nuevo teclado para que pueda volver a sonar.
No era la primera vez que este piano sufría un acto vandálico. Desde su instalación ya había padecido el robo de teclas y la aparición de grafitis. Sin embargo, según ha informado betevé, nunca se había producido un ataque de esta magnitud ni se había causado un daño tan grave en su mecanismo interior.
Cuando conocí la noticia, mi primera reacción fue hacerme una pregunta muy sencilla: ¿por qué? ¿Por qué alguien decide destruir un piano?
No estamos hablando de un objeto que impida el paso, que moleste o que represente una amenaza para nadie. Estamos hablando de un instrumento que estaba allí para ser compartido, de un piano abierto a la ciudad al que cualquier persona podía acercarse, sentarse y tocar.
Un espacio cultural abierto a todos
El piano solar de la plaza de Catalunya fue instalado en 2024 por iniciativa del Concurso Internacional de Música Maria Canals, en colaboración con el proyecto 1000pianos. Era el primer instrumento de estas características instalado en España: un piano sostenible, preparado para permanecer al aire libre y funcionar mediante energía solar.
Pero lo verdaderamente importante no era su tecnología, sino lo que representaba.
El instrumento formaba parte del proyecto Maria Canals Porta Cua, una iniciativa que lleva pianos a calles, plazas, estaciones, hospitales y otros espacios públicos para ponerlos a disposición de cualquier persona que quiera tocarlos. No hacía falta comprar una entrada, pertenecer a una élite cultural ni pedir permiso. Bastaba con sentarse.
Desde su instalación, el piano de la plaza de Catalunya se había convertido en un pequeño punto de encuentro. Pianistas aficionados y también algunos profesionales se sentaban ante sus teclas para compartir su música con cualquiera que pasara por allí. A su alrededor se reunían vecinos, turistas, niños, personas mayores y transeúntes que, quizá sin haberlo planeado, se encontraban de pronto escuchando un pequeño concierto en mitad de la ciudad.
En una de las plazas más transitadas de Barcelona ocurría algo cada vez menos habitual: alguien tocaba, los demás se detenían y, durante unos minutos, personas completamente desconocidas compartían una misma escucha. En medio del ruido y de la prisa, la ciudad parecía respirar de otra manera.
¿Por qué alguien querría destruir algo así?
No sabemos quién lo hizo ni qué estaba pensando en ese momento. Tal vez buscaba llamar la atención. Tal vez actuó por aburrimiento, por rabia o por esa extraña sensación de que aquello que pertenece a todos no pertenece realmente a nadie. O quizá fue, simplemente, el incomprensible deseo de destruir algo bello.
Pero ninguna de estas posibilidades consigue explicar del todo el gesto. Una cosa es dañar accidentalmente un objeto y otra muy distinta arrojar ácido sobre un instrumento y arrancarle las teclas. Eso requiere intención, y es precisamente esa intención la que nos desconcierta.
¿Qué puede llevar a una persona a decidir que algo creado para alegrar la vida de los demás debe dejar de existir?
No creo que tengamos una respuesta sencilla. Sin embargo, quizá estos actos nos hablan de una desconexión cada vez más profunda: de los demás, de lo común y de la idea de que nuestros actos, incluso cuando nadie nos observa, tienen consecuencias sobre la vida de otras personas.
Cuando alguien deja de sentir que forma parte de una comunidad, puede empezar a contemplar el espacio público como un lugar que no pertenece a nadie. Y aquello que no sentimos como propio parece más fácil de ensuciar, maltratar o destruir.
Pero una plaza, un banco, un árbol, una escultura o un piano público sí tienen dueño. Nos pertenecen a todos.
No han roto solamente un instrumento
Al destruir ese piano no se han dañado únicamente la madera, el metal, los circuitos y las teclas. También se ha interrumpido una posibilidad.
La posibilidad de que un niño se acercara por primera vez a un piano. De que una persona mayor se sentara a recordar una melodía que no tocaba desde hacía décadas. De que un pianista desconocido regalara unos minutos de música a quienes cruzaban la plaza. O de que alguien que estaba teniendo un mal día encontrara, inesperadamente, un momento de belleza.
Nunca sabemos lo que puede provocar una melodía en una persona. Para alguien quizá no sea más que música de fondo, pero para otra persona puede convertirse en una pausa necesaria, en un recuerdo, en un consuelo o en una forma de sentirse acompañada.
Por eso, cuando se destruye un espacio cultural abierto, no solo se rompe un objeto. También se les arrebata algo a todas las personas que podrían haberlo disfrutado. Se rompe una pequeña forma de confianza colectiva: la confianza que permite dejar un instrumento en una plaza y creer que la ciudadanía sabrá cuidarlo.
La fragilidad de la belleza
La belleza suele ser frágil. Crear algo necesita tiempo, cuidado, conocimiento y generosidad, mientras que destruirlo puede requerir apenas unos segundos.
Componer una pieza puede llevar semanas. Aprender a interpretarla puede necesitar años. Construir un piano exige el trabajo y los conocimientos de muchas personas. Sin embargo, arrancarle una tecla solo necesita un gesto.
Existe una enorme desproporción entre el esfuerzo que requiere crear y la facilidad con la que se puede destruir. Tal vez por eso cuidar la belleza debería ser una responsabilidad compartida.
No basta con que haya artistas dispuestos a crearla, organizaciones dispuestas a acercarla a las calles o voluntarios dispuestos a reparar lo que otros dañan. También necesitamos una sociedad capaz de reconocer su valor y de entender que la cultura no es un adorno ni algo secundario que solo merece nuestra atención cuando sobra tiempo o dinero.
La cultura es una de las maneras mediante las cuales aprendemos a convivir, a imaginar otras vidas, a expresar lo que sentimos y a reconocer nuestra humanidad compartida.
Un piano público nos recuerda que la música no tiene por qué permanecer encerrada en un auditorio. También puede aparecer en mitad de una plaza, interrumpir la prisa, reunir durante unos minutos a personas que no se conocen y transformar un lugar de paso en un verdadero lugar de encuentro.
También debemos preguntarnos qué estamos enseñando
Es fácil responder al vandalismo únicamente con indignación, y esa indignación es comprensible. Pero después de indignarnos quizá deberíamos atrevernos a mirar un poco más profundamente.
¿Qué relación estamos enseñando a tener con aquello que es de todos? ¿Estamos educando en el cuidado? ¿Estamos ayudando a comprender que la libertad de utilizar un espacio público también implica la responsabilidad de conservarlo? ¿Estamos construyendo comunidades en las que las personas se sientan parte de algo?
No se trata de justificar a quien destruye. Nada justifica lo sucedido. Se trata de comprender que el civismo no nace solamente de la vigilancia o del miedo a una sanción. También nace del sentimiento de pertenencia.
Normalmente, cuidamos aquello que sentimos que forma parte de nuestra vida. Por eso necesitamos recordar que lo público no es aquello que no pertenece a nadie. Es aquello que nos pertenece a todos y que, precisamente por eso, merece todavía más cuidado.
El piano volverá a sonar
Hay algo en esta historia que, a pesar de todo, me da esperanza: el piano será reparado.
Un voluntario está trabajando para reconstruir su mecanismo y devolverle las teclas, y la organización Maria Canals ha anunciado que el instrumento volverá a funcionar próximamente. Hay algo profundamente simbólico en ello.
Alguien utilizó sus manos para destruir y otra persona está utilizando las suyas para reconstruir. Alguien quiso imponer el silencio, pero otras personas están trabajando para que la música regrese.
Quizá esa sea la respuesta más poderosa ante cualquier forma de destrucción: no permitir que tenga la última palabra.
Reparar el piano no borrará lo sucedido, pero demostrará que la voluntad de crear puede ser mucho más persistente que la voluntad de destruir. Dentro de poco, alguien volverá a sentarse frente a ese teclado, pulsará una tecla y después otra, y una melodía volverá a extenderse por la plaza de Catalunya.
Tal vez algunas personas continúen caminando sin detenerse. Otras levantarán la mirada. Quizá algún niño se acerque con curiosidad. Y durante unos minutos, en medio del ruido de Barcelona, volverá a existir un pequeño espacio compartido de belleza.
El ácido puede dañar un mecanismo, destruir las teclas y obligar a un piano a permanecer en silencio durante un tiempo. Pero no puede destruir aquello que hizo que alguien decidiera colocar ese instrumento en mitad de una plaza: la convicción de que la música debe estar al alcance de todos y de que la belleza también pertenece a la calle.
Tampoco puede destruir la esperanza de que, pese a todo, todavía somos muchas más las personas que queremos cuidar, compartir y construir que las que desean destruir.
Quizá la pregunta no sea solamente por qué alguien hizo algo así. Quizá también debamos preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer nosotros para proteger la belleza que todavía existe.
Porque una ciudad no se define únicamente por sus edificios, sus calles o sus monumentos. También se define por aquello que sus habitantes deciden cuidar.
Jan Uve