Escrito por Jan Uve
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Hay algo que me llama la atención cada vez que camino por la naturaleza: nada parece tener prisa y, sin embargo, todo termina ocurriendo.
Los árboles crecen. Los ríos llegan al mar. Las estaciones cambian. Las flores aparecen cuando les corresponde y desaparecen cuando llega su momento. Nunca he visto a un árbol preocupado porque el que está a su lado haya crecido unos centímetros más. Tampoco imagino a un río preguntándose si debería avanzar más deprisa porque otro ha llegado antes al océano.
Puede parecer una comparación ingenua. Nosotros no somos árboles ni ríos. Tenemos responsabilidades, horarios, personas que dependen de nosotros y decisiones que no pueden esperar indefinidamente. Pero, aun sabiendo todo eso, hay una pregunta que vuelve a mí con frecuencia: ¿en qué momento empezamos a creer que vivir deprisa era la única manera correcta de vivir?
La sensación de estar llegando tarde
Hay una forma de prisa que no depende del reloj.
Podemos tener toda una tarde libre y sentir que deberíamos estar haciendo algo. Podemos terminar una tarea y, antes siquiera de disfrutar del alivio de haberla terminado, empezar a pensar en la siguiente. Podemos conseguir algo que durante años deseábamos y descubrir que nuestra atención ya está puesta en aquello que todavía nos falta.
No siempre corremos porque tengamos que llegar a algún sitio. Muchas veces corremos porque tenemos la sensación de que los demás ya están allí.
Creo que esa es una de las formas más agotadoras de prisa.
Miramos alrededor y parece que cada persona posee un calendario invisible que nos recuerda dónde deberíamos estar a determinada edad. A estas alturas ya deberías haber encontrado tu camino. Ya deberías tener más estabilidad. Ya deberías haber conseguido esto o aquello. Ya deberías saber quién eres.
Y cuando nuestra vida no coincide con ese calendario, aparece una sensación extraña de retraso.
Como si estuviéramos llegando tarde a nuestra propia existencia.
He sentido esa presión más de una vez. Creo que casi todas las personas la hemos sentido en algún momento. Lo curioso es que pocas veces nos detenemos a preguntarnos quién decidió cuál era el ritmo correcto.
Un árbol no compara su primavera
Tal vez por eso me hace bien observar los árboles.
Hay algunos que florecen muy pronto y otros que esperan. Algunos crecen rectos y otros necesitan rodear una roca, buscar la luz por un lugar inesperado o adaptarse durante años a las condiciones del terreno. Ninguno parece equivocarse por hacerlo de otra manera.
Cada uno responde al lugar en el que está.
Sé que corremos el riesgo de humanizar la naturaleza cuando hablamos así, pero no necesito pensar que un árbol posee una filosofía para aprender algo al contemplarlo. Me basta observar.
La naturaleza está llena de ritmos diferentes.
Eso me parece profundamente tranquilizador.
Quizá no exista un único momento correcto para comenzar algo. Quizá algunas decisiones necesiten más tiempo. Quizá aquello que parece un retraso sea simplemente una parte del proceso que todavía no podemos comprender.
No todo tiene que florecer en primavera.
Y tampoco nosotros.
La prisa cambia nuestra manera de mirar
La prisa no solo afecta a la velocidad con la que hacemos las cosas. También transforma nuestra atención.
Cuando tenemos prisa dejamos de mirar.
Caminamos por un lugar pensando en el lugar al que vamos. Comemos pensando en lo que haremos después. Escuchamos a alguien mientras preparamos mentalmente nuestra respuesta. Incluso podemos estar frente a una persona que queremos y, al mismo tiempo, tener una parte de nuestra atención en una pantalla.
Poco a poco, la vida empieza a convertirse en una sucesión de lugares de paso.
Y quizá ese sea uno de los mayores peligros de vivir demasiado deprisa: terminamos tratando el presente como si fuera únicamente el pasillo que conduce hacia algo más importante.
Pero ¿y si aquello importante ya estuviera ocurriendo?
A veces pienso en todos esos momentos aparentemente insignificantes que después recordamos con una nostalgia enorme. Un desayuno con alguien que ya no está. Una tarde cualquiera durante nuestra infancia. Una conversación que entonces no parecía especial. Un paseo. Una canción sonando en el coche.
Mientras ocurrían no sabíamos que algún día los echaríamos de menos.
Eran simplemente vida.
Quizá muchos de los momentos que hoy consideramos ordinarios sean exactamente aquellos que un día desearemos recuperar.
La música también necesita tiempo
La música me ha enseñado algo parecido.
Una melodía necesita tiempo para existir.
Puedo acelerar una pieza y todas las notas seguirán estando ahí, pero ya no será la misma música. Las pausas habrán cambiado. Las respiraciones habrán desaparecido. Lo que antes tenía espacio para emocionarnos puede convertirse en una sucesión de sonidos que apenas conseguimos asimilar.
El silencio entre dos notas también forma parte de la composición.
A veces incluso es lo que les da sentido.
Durante mucho tiempo pensé que componer consistía fundamentalmente en decidir qué notas poner. Con los años he comprendido que también consiste en decidir dónde dejar espacio.
Quizá vivir tenga algo de eso.
No podemos llenar cada minuto y esperar que nuestra vida siga teniendo música.
También necesitamos pausas.
Momentos que aparentemente no producen nada.
Un paseo sin destino. Una taza de café mirando por una ventana. Una canción escuchada sin hacer al mismo tiempo otras tres cosas.
Espacios donde la vida pueda respirar.
No todo lo lento es tiempo perdido
Nos hemos acostumbrado a medir muchísimas cosas en términos de eficiencia. Queremos llegar antes, aprender más deprisa, obtener resultados cuanto antes. Esa manera de pensar tiene enormes ventajas y nos ha permitido avanzar en muchos ámbitos.
El problema empieza cuando aplicamos la misma lógica a todo.
Hay cosas que no mejoran porque las aceleremos.
Una amistad necesita tiempo. Un duelo necesita tiempo. Aprender a confiar de nuevo necesita tiempo. Conocernos necesita tiempo. Crear algo en lo que realmente creemos necesita tiempo.
Incluso descansar necesita tiempo.
Podemos intentar acortar todos esos procesos, pero muchas veces lo único que conseguimos es atravesarlos sin haberlos vivido realmente.
La naturaleza parece recordarnos una verdad incómoda para nuestra época: algunos procesos no pueden negociarse.
Una semilla necesita pasar un tiempo bajo tierra antes de que podamos ver algo.
Desde fuera parece que no está ocurriendo nada.
Pero está ocurriendo todo.
Me pregunto cuántas veces hemos abandonado algo en nuestra vida simplemente porque todavía no podíamos ver sus frutos.
Aprender a respetar nuestros propios ritmos
No creo que la solución sea vivir despacio todo el tiempo. Hay momentos para correr. Días intensos. Proyectos que exigen energía. Situaciones que necesitan decisiones rápidas.
La cuestión, para mí, no es convertir la lentitud en una nueva obligación.
Sería paradójico.
Se trata más bien de recuperar la capacidad de elegir nuestro ritmo en lugar de permitir que siempre lo decida el mundo exterior.
Hay días en los que podremos avanzar mucho y otros en los que necesitaremos detenernos. Habrá etapas de expansión y otras de recogimiento. Momentos para empezar cosas nuevas y momentos para permanecer quietos.
Quizá una vida consciente no consista en mantener siempre el mismo ritmo, sino en aprender a escuchar cuál necesitamos en cada momento.
Y para escuchar eso, otra vez, hace falta silencio.
Por eso vuelvo tantas veces a la naturaleza
No voy al bosque esperando encontrar respuestas.
Voy porque allí recuerdo algunas preguntas que en medio del ruido se me olvidan.
¿Realmente tengo tanta prisa?
¿Hacia dónde estoy corriendo?
¿Estoy viviendo este momento o simplemente atravesándolo para llegar al siguiente?
Son preguntas sencillas, pero a veces basta una de ellas para cambiar el ritmo de un día.
La naturaleza no me dice lo que tengo que hacer. Eso es precisamente lo que me gusta de ella.
No da consejos.
No juzga.
No exige.
Simplemente está.
Y, cuando permanecemos el tiempo suficiente junto a ella, algo dentro de nosotros parece recordar que también sabemos estar.
Quizá no estés llegando tarde
Hay personas que sienten que deberían haber empezado antes.
Una carrera.
Una relación.
Un proyecto.
Una nueva manera de vivir.
A veces incluso creemos que aquello que deseábamos ya no tiene sentido porque pasó el momento adecuado.
No sé si existe un momento adecuado para todas las cosas. Lo que sí sé es que he visto a personas empezar de nuevo a edades en las que pensaban que ya era imposible. He visto caminos aparecer después de años de incertidumbre y decisiones que parecían tardías convertirse en el principio de etapas maravillosas.
Por eso cada vez desconfío más de la frase «ya es tarde».
Puede que algunas oportunidades tengan un tiempo concreto, por supuesto. Pero nuestra capacidad de cambiar, de aprender y de mirar la vida de una manera diferente no parece obedecer al mismo calendario.
Mientras estamos aquí, algo puede empezar.
Quizá no sea aquello que imaginábamos.
Quizá sea algo distinto.
Pero puede empezar.
Escuchar también es una forma de detenerse
Tal vez por eso la música sigue ocupando un lugar tan importante en mi vida.
Cuando escuchamos de verdad una melodía, aceptamos durante unos minutos su tiempo.
No podemos exigirle que llegue antes al siguiente acorde.
Tenemos que acompañarla.
Dejarnos llevar.
Esperar.
Y en una época en la que casi todo puede acelerarse, saltarse o consumirse en pocos segundos, permanecer dentro de una pieza musical de principio a fin puede convertirse en un pequeño acto de resistencia.
Durante esos minutos no estamos corriendo hacia ningún sitio.
Estamos escuchando.
Quizá esa sea también una de las razones por las que compongo.
Para crear lugares donde podamos recuperar otro ritmo.
Un ritmo en el que todavía haya espacio para observar, sentir y respirar.
Todo llegará a su manera
La próxima vez que sientas que vas tarde, quizá puedas recordar algo tan sencillo como un árbol.
No para comparar tu vida con él ni para convencerte de que todo saldrá exactamente como deseas.
Simplemente para recordar que existen muchas maneras de crecer.
Algunas cosas aparecen muy rápido.
Otras necesitan años.
Hay caminos rectos y caminos que tienen que rodear montañas.
Y quizá aquello que ahora parece no avanzar esté creciendo en un lugar que todavía no puedes ver.
No sé si la naturaleza tiene todas las respuestas.
Probablemente no.
Pero cada vez que la observo me recuerda algo que nuestra época parece olvidar con facilidad:
no todo lo importante necesita tener prisa.
Y quizá nosotros tampoco.
Jan Uve