Escrito por Jan Uve
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Vangelis fue uno de los compositores que más transformaron mi manera de entender la música.
Pero no solamente por sus melodías, sus sintetizadores o esos paisajes sonoros capaces de hacernos sentir que estamos contemplando la Tierra desde algún lugar lejano del universo.
Lo que más me inspira de él es su manera de relacionarse con la creación.
Vangelis fue, en gran medida, autodidacta.
Desde muy pequeño comenzó a explorar el piano, pero nunca terminó de sentirse cómodo dentro de una enseñanza musical convencional. En lugar de aceptar que primero debía aprender todas las reglas para después poder crear, decidió descubrir la música directamente.
Experimentaba.
Escuchaba.
Probaba sonidos.
Se dejaba conducir por la curiosidad.
Y fue construyendo un lenguaje que no parecía proceder de una escuela, sino de su propia manera de escuchar el mundo.
Durante mucho tiempo nos han enseñado que, para hacer algo valioso, primero debemos dominar perfectamente la técnica.
Que antes de crear debemos estar preparados.
Que necesitamos conocer todas las respuestas.
Pero Vangelis me enseñó que también existe otro camino.
El camino de quien escucha antes de obedecer.
El de quien no empieza preguntándose qué es lo correcto, sino qué necesita expresar.
Esto no significa que la técnica no sea importante. Significa que la técnica debe estar al servicio de algo más profundo.
Porque podemos conocer todas las reglas y, aun así, no tener nada que decir.
Y también podemos desconocer muchos caminos establecidos y encontrar, precisamente por eso, una voz que todavía no se parece a ninguna otra.
Vangelis no parecía acercarse a los instrumentos como alguien que intenta controlarlos.
Se acercaba a ellos como quien entra en un territorio desconocido.
Por eso la improvisación era tan importante en su proceso creativo.
No componía siempre una obra sobre el papel para interpretarla después. Muchas veces, la composición nacía mientras estaba tocando. Interpretar, componer y grabar podían formar parte de un mismo instante.
La obra no era solamente el resultado final.
La obra era también el acto de descubrirla.
Eso es algo que me parece profundamente hermoso.
Porque improvisar significa aceptar que no sabes exactamente adónde vas.
Significa dar el primer paso sin tener asegurado el último.
Significa escuchar lo que está sucediendo y responder desde el presente.
Y esa manera de crear exige una forma especial de confianza.
No la confianza de quien sabe que todo saldrá perfecto.
Sino la confianza de quien está dispuesto a seguir avanzando aunque todavía no pueda ver el camino completo.
Creo que muchas veces perdemos esa capacidad.
Cuando somos niños, jugamos, inventamos y exploramos sin preguntarnos constantemente si lo estamos haciendo bien.
Pero, con los años, aparece el juicio.
Nos observamos desde fuera.
Nos comparamos.
Intentamos anticipar qué pensarán los demás.
Y poco a poco dejamos de crear para descubrir y empezamos a crear para demostrar.
Vangelis me recuerda que la creación verdadera sucede antes de que aparezca todo ese ruido.
Antes de preguntarnos si algo funcionará.
Antes de pensar si gustará.
Antes de intentar convertir una intuición en un producto.
Primero aparece una sensación.
Después, un sonido.
Y, si somos capaces de permanecer atentos, ese sonido puede mostrarnos hacia dónde quiere ir.
Su estudio estaba preparado precisamente para proteger ese instante.
Los instrumentos permanecían a su alcance para que una intuición pudiera transformarse inmediatamente en música.
No quería que existiera demasiada distancia entre lo que sentía y lo que sonaba.
Porque una idea creativa es algo delicado.
A veces aparece durante unos segundos y después desaparece.
Puede perderse mientras buscamos el sonido perfecto.
Mientras abrimos un programa.
Mientras analizamos si la idea es suficientemente buena.
Mientras intentamos explicar racionalmente algo que todavía solo existe como emoción.
De Vangelis aprendí que el proceso creativo también consiste en construir un espacio donde las intuiciones puedan sobrevivir.
Un lugar donde la emoción no tenga que pedir permiso.
Donde sea posible tocar antes de comprender.
Donde el creador no interrumpa constantemente a la creación.
Esto influye profundamente en mi propia manera de componer.
Cuando me siento frente al piano, muchas veces no tengo una pieza pensada.
No sé qué melodía va a aparecer.
No sé qué historia terminará contando.
Comienzo tocando una nota.
Después otra.
Y escucho.
Intento no imponer demasiado pronto una dirección.
Dejo que la música me revele su propio paisaje.
En ocasiones aparece una melodía serena.
En otras, surge algo más melancólico.
A veces una pieza parece hablar de renacer, de recordar o de encontrar claridad en medio del ruido, aunque todavía no tenga nombre.
Es después, cuando la escucho con cierta distancia, cuando empiezo a comprender lo que estaba intentando decirme.
Por eso no siento que la composición sea únicamente una acción de la mente.
También es una forma de escucha.
No se trata siempre de fabricar algo.
A veces se trata de apartarse lo suficiente para que algo pueda aparecer.
Vangelis también dirigía constantemente su mirada hacia el universo.
Sus obras hablan de planetas, estrellas, exploración, naturaleza, ciencia y de ese misterio inmenso al que pertenecemos.
Pero creo que el universo, en su música, no representa solamente el espacio exterior.
Representa también todo aquello que no podemos explicar.
La sensación de pequeñez que aparece cuando contemplamos el cielo.
El asombro ante algo que existía mucho antes que nosotros y que continuará existiendo cuando ya no estemos.
La intuición de que la vida forma parte de algo mucho más grande que nuestras preocupaciones cotidianas.
Esa mirada me parece especialmente necesaria hoy.
Vivimos atrapados con frecuencia en lo inmediato.
Las notificaciones.
Las obligaciones.
La prisa.
La comparación.
Los pequeños problemas que ocupan toda nuestra atención hasta hacernos creer que son el mundo entero.
Pero basta levantar la mirada hacia el cielo nocturno para recordar que nuestra vida sucede dentro de una inmensidad que no podemos abarcar.
Y, paradójicamente, esa inmensidad no tiene por qué hacernos sentir insignificantes.
Puede liberarnos.
Puede ayudarnos a colocar muchas cosas en su lugar.
Puede recordarnos que no todo merece nuestra ansiedad.
Que no toda urgencia es realmente urgente.
Que la vida es demasiado breve y demasiado misteriosa para vivirla completamente desconectados de nuestra propia sensibilidad.
Creo que por eso la música de Vangelis puede sonar grandiosa y, al mismo tiempo, profundamente íntima.
Nos lleva hacia las estrellas, pero termina devolviéndonos a nosotros mismos.
Nos hace imaginar otros mundos, pero también nos invita a contemplar nuestro mundo interior.
Y esa es una de las enseñanzas que más intento trasladar a mi música.
No deseo componer para llenar el silencio.
Quiero componer para que podamos escucharlo.
No quiero utilizar el piano para escapar de la realidad, sino para crear un espacio desde el que podamos mirarla de otra manera.
Un espacio donde podamos respirar.
Donde la mente disminuya su velocidad.
Donde las emociones que hemos ido escondiendo puedan aparecer sin ser juzgadas.
Tal vez mi música no hable del universo de la misma forma que la de Vangelis.
Pero también nace de la contemplación.
De observar la naturaleza.
De escuchar el agua, el viento o el silencio de un amanecer.
De intentar recordar que pertenecemos a algo más amplio que esa corriente de ruido que nos acompaña cada día.
Vangelis me enseñó que un compositor no necesita tener todas las respuestas.
Necesita conservar su capacidad de asombro.
Necesita atreverse a explorar.
Necesita proteger su libertad interior.
Y, sobre todo, necesita escuchar antes de hablar.
Porque quizá la música más verdadera no sea la que construimos cuidadosamente para impresionar a los demás.
Quizá sea aquella que aparece cuando dejamos de intentar demostrar quiénes somos y permitimos que algo más profundo se exprese a través de nosotros.
Eso es lo que aprendí de Vangelis.
Que la música puede comenzar sin un mapa.
Que improvisar también es una forma de confiar.
Que la tecnología debe acercarnos a la emoción, no alejarnos de ella.
Que el universo exterior puede ayudarnos a comprender nuestro universo interior.
Y que crear no consiste siempre en añadir más.
A veces consiste en hacer silencio, prestar atención y permitir que la primera nota nos muestre el camino.