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Juan Sánchez Music - Pianista y Compositor

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La Sensibilidad no es una Debilidad

Escrito por Jan Uve

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Durante mucho tiempo hemos asociado la fortaleza con la capacidad de resistir. Ser fuerte parecía significar que las cosas nos afectaran poco, recuperarnos rápidamente de una decepción, no mostrar demasiado lo que sentimos y continuar adelante aunque por dentro algo estuviera pidiendo que nos detuviéramos.

No sé exactamente en qué momento aprendimos todo eso. Quizá nadie nos lo enseñó de una manera explícita. Tal vez simplemente fuimos observando el mundo y comprendimos que determinadas emociones eran más fáciles de mostrar que otras. Celebrar estaba bien. Ser optimista estaba bien. Tener energía, avanzar, conseguir cosas, levantarse después de caer... todo eso parecía encajar perfectamente con la persona que debíamos aspirar a ser. Pero sentir demasiado era otra cosa.

A quien se emocionaba fácilmente se le decía que era demasiado sensible. A quien necesitaba tiempo para asimilar algo se le recomendaba que no le diera tantas vueltas. A quien sufría profundamente una pérdida se le recordaba que tenía que seguir adelante. Y poco a poco muchos aprendimos algo peligroso: que sentir menos podía ser una manera de sufrir menos.

El problema es que resulta muy difícil cerrar la puerta únicamente a aquello que nos duele. Cuando intentamos protegernos de la tristeza, del miedo o de la vulnerabilidad, muchas veces también empezamos a perder sensibilidad hacia todo lo demás. Y entonces no solo duele menos una decepción. También puede emocionarnos menos un amanecer, una conversación, una mirada o una melodía.

Sentir profundamente también significa vivir profundamente

Siempre me ha llamado la atención que utilicemos la expresión demasiado sensible casi exclusivamente como una crítica. Rara vez escuchamos a alguien decir que una persona es demasiado sensible porque se emociona contemplando el mar o porque todavía es capaz de detenerse cuando escucha una melodía hermosa.

Sin embargo, se trata de la misma sensibilidad.

La capacidad que nos permite sentir profundamente aquello que nos duele es también la que nos permite experimentar profundamente aquello que amamos.

No creo que podamos separar una cosa de la otra con tanta facilidad.

Tal vez por eso algunas personas necesitan la música de una manera que otras difícilmente podrían comprender. No la escuchan únicamente como entretenimiento. Entran en ella. Una sucesión de notas puede despertarles un recuerdo, provocarles una sensación física, hacerles llorar sin que exista una razón evidente o llevarlas durante unos minutos a un lugar interior al que las palabras no consiguen llegar.

Lo sé porque yo mismo he vivido la música de esa manera desde niño. Antes incluso de entender qué era una armonía o cómo se construía una composición, ya sabía lo que una melodía podía hacerme sentir. Escuchaba música y aparecían imágenes. Lugares. Historias. A veces incluso una especie de escalofrío difícil de explicar. No necesitaba comprender lo que estaba ocurriendo. Simplemente ocurría.

Con los años aprendí la técnica. Aprendí a tocar, a componer y a entender muchas de las razones musicales que podían provocar determinadas emociones. Pero hay algo que la técnica nunca ha conseguido explicarme del todo: por qué unas pocas notas pueden atravesarnos de esa manera.

Y me alegra que siga siendo un misterio.

Un mundo que nos enseña a endurecernos

Hay algo paradójico en nuestra forma de vivir. Nunca habíamos tenido acceso a tantas experiencias y, sin embargo, corremos el riesgo de acostumbrarnos a casi todas.

Vemos guerras mientras desayunamos. Una tragedia aparece entre un vídeo divertido y un anuncio. Pasamos en segundos de la historia de alguien que acaba de perder a una persona querida a una receta de cocina o a unas vacaciones perfectas al otro lado del mundo. Nuestro sistema emocional recibe una cantidad de estímulos que probablemente ninguna generación anterior tuvo que procesar de esta manera.

Ante semejante volumen, endurecerse puede parecer una forma de protección.

Y probablemente, hasta cierto punto, lo sea.

No podemos detenernos emocionalmente ante todo lo que vemos. Sería insoportable. Pero existe una diferencia entre aprender a proteger nuestra sensibilidad y perderla.

Eso último me preocupa mucho más.

Porque una persona que deja de conmoverse ante el dolor también puede acabar dejando de conmoverse ante la belleza. Y una vida en la que nada nos toca profundamente quizá sea más segura, pero no estoy convencido de que sea una vida más plena.

Quizá la música exista también para recordarnos que todavía sentimos

A veces alguien me escribe después de escuchar una de mis piezas y me dice: «No sé por qué, pero me has hecho llorar».

Nunca he considerado ese mensaje algo triste.

Al contrario.

Me parece profundamente hermoso.

No porque quiera provocar tristeza con mi música, sino porque esas lágrimas me dicen que algo continúa vivo ahí dentro. Quizá la melodía haya encontrado un recuerdo. Quizá haya tocado una ausencia. Quizá haya despertado algo que llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad para salir.

O quizá esa persona ni siquiera sepa por qué está llorando.

Y no pasa nada.

Nos hemos acostumbrado tanto a querer comprenderlo todo que incluso parece que tengamos que justificar nuestras emociones. Queremos saber por qué estamos tristes, por qué algo nos conmueve, por qué una melodía nos produce nostalgia aunque no esté asociada a ningún recuerdo concreto.

Pero no todo necesita una explicación inmediata.

Hay emociones que quizá solo necesitan espacio.

Y la música puede ofrecérselo.

Una melodía no nos pregunta por qué estamos llorando. No nos dice que deberíamos animarnos. No intenta solucionar aquello que sentimos. Simplemente permanece con nosotros mientras lo atravesamos.

Quizá por eso puede acompañarnos de una forma tan íntima.

La belleza necesita personas capaces de verla

Hay otra razón por la que creo que debemos cuidar nuestra sensibilidad.

La belleza no existe únicamente porque haya cosas hermosas en el mundo. También necesita una mirada capaz de reconocerlas.

Un amanecer ocurre cada mañana, independientemente de que alguien lo contemple. Un bosque continúa creciendo aunque nadie camine por él. Una melodía puede sonar en una habitación vacía. Pero la experiencia de la belleza aparece cuando algo que está fuera se encuentra con algo que está dentro de nosotros.

Por eso dos personas pueden contemplar exactamente el mismo paisaje y vivir experiencias completamente diferentes. Una puede detenerse durante diez minutos y otra pasar por delante sin verlo.

El paisaje es el mismo.

La mirada no.

Y cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que conservar esa mirada es una forma de cuidar nuestra vida interior.

No necesitamos vivir permanentemente emocionados. Tampoco creo que haya que romantizar el sufrimiento ni convertir la sensibilidad en una especie de superioridad moral. Ser sensible no nos hace mejores que nadie.

Simplemente nos permite percibir determinadas cosas con una intensidad diferente.

Y eso implica aprender a cuidarnos.

A veces necesitaremos silencio. A veces distancia. A veces estaremos agotados después de lugares o conversaciones que a otras personas parecen no afectarles. Y quizá durante mucho tiempo hayamos pensado que deberíamos cambiar esa parte de nosotros.

Yo cada vez estoy menos seguro de que debamos hacerlo.

No quiero sentir menos

Si pudiera elegir entre atravesar la vida sintiendo menos para sufrir menos o conservar la capacidad de emocionarme profundamente aun sabiendo que eso también me hará vulnerable, creo que elegiría lo segundo.

No porque me guste sufrir.

Sino porque no quiero renunciar a todo lo demás.

No quiero contemplar un amanecer y que me dé igual. No quiero caminar por un bosque sin escuchar lo que ocurre a mi alrededor. No quiero que llegue el día en que una melodía deje de producirme ese extraño escalofrío que sentía cuando era niño.

No quiero acostumbrarme tanto al mundo que deje de sorprenderme.

Quizá esa sea una de las razones más profundas por las que sigo haciendo música.

Componer es también mi manera de proteger esa parte de mí.

De seguir prestando atención.

De continuar buscando belleza.

Y de compartirla con otras personas que quizá también se niegan a vivir anestesiadas.

Tal vez nunca fuiste demasiado sensible

Puede que alguna vez alguien te haya dicho que sientes demasiado. Puede incluso que hayas deseado ser diferente, que las cosas te afectaran menos, que determinadas palabras no permanecieran tanto tiempo contigo o que despedirte de alguien no doliera de esa manera.

No sé cuál es tu historia y tampoco pretendo decirte cómo deberías vivir tu sensibilidad. Cada persona tendrá que descubrir su propia forma de convivir con ella.

Pero sí quiero dejarte una pregunta.

¿Y si aquello que alguna vez consideraste una debilidad fuera también lo que te permite experimentar algunas de las cosas más hermosas de tu vida?

Quizá no se trate de aprender a sentir menos.

Quizá se trate de aprender a cuidar mejor aquello que sentimos.

La próxima vez que una melodía consiga detenerte, que un paisaje haga que olvides durante unos segundos dónde ibas o que algo aparentemente insignificante consiga emocionarte, no tengas tanta prisa por apartar esa sensación.

Quédate un poco más.

Puede que no estés perdiendo el tiempo.

Puede que, precisamente en ese instante, estés recordando una de las cosas más importantes que todavía conservas:

la capacidad de sentir.

Jan Uve

09/08/2026

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"Con mis composiciones de piano, mi objetivo es ofrecerte un refugio de paz interior. Cada melodía está diseñada para ser un abrazo sonoro que te invite a encontrar tranquilidad y armonía en tu propio ser." - Jan Uve (Pianista y Compositor)

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