Escrito por Jan Uve
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CD Recopilatorio "Piano para la Paz Interior"
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Durante mucho tiempo hemos aprendido a distinguir entre las cosas importantes y las que parecen accesorias. Trabajar es importante. Resolver problemas es importante. Cumplir con nuestras obligaciones, llegar a final de mes, cuidar de quienes queremos, tomar decisiones, organizar nuestra vida... todo eso ocupa un lugar evidente y necesario.
La belleza, en cambio, suele quedar para después.
Contemplar un paisaje, escuchar una melodía sin hacer nada más, detenernos ante la luz que entra por una ventana o caminar un rato sin ningún propósito concreto pueden parecernos cosas agradables, pero prescindibles. Algo que disfrutaremos cuando tengamos tiempo. Cuando hayamos terminado lo urgente. Cuando la vida, por fin, nos deje un poco tranquilos.
El problema es que la vida rara vez termina de dejarnos tranquilos.
Siempre habrá algo pendiente. Siempre aparecerá otro correo, otra preocupación, otra obligación, otra pequeña urgencia reclamando nuestra atención. Y si esperamos a que todo esté resuelto para prestar atención a la belleza, quizá llegue un momento en el que descubramos que llevamos años pasando junto a ella sin verla.
A mí me preocupa esa posibilidad.
No porque crea que debamos convertir cada instante en una experiencia extraordinaria, sino porque cada vez estoy más convencido de que una vida en la que dejamos de percibir la belleza se vuelve, poco a poco, más pequeña.
Hay cosas que no sirven para nada y, sin embargo, son esenciales
Un amanecer no paga una factura. Un árbol no resuelve un problema laboral. Una melodía no puede cambiar una decisión que ya hemos tomado ni borrar aquello que nos ha sucedido.
Y, sin embargo, todos sabemos que algunas de esas cosas pueden cambiar algo dentro de nosotros.
Tal vez sea difícil medirlo. Estamos acostumbrados a valorar aquello que produce un resultado concreto y visible. Si hacemos ejercicio sabemos para qué lo hacemos. Si estudiamos algo esperamos aprender. Si trabajamos esperamos obtener una recompensa. Pero ¿qué obtenemos exactamente cuando nos sentamos frente al mar durante media hora y simplemente lo miramos?
Probablemente nada que pueda anotarse en una hoja de cálculo.
Y quizá precisamente ahí esté parte de su valor.
Hay experiencias cuya importancia no reside en lo que producen, sino en lo que despiertan.
A veces contemplamos algo hermoso y durante unos segundos dejamos de pensar en nosotros mismos. Desaparece esa conversación interior que siempre parece exigir una respuesta. No pensamos en si estamos llegando tarde, en lo que todavía nos falta o en cómo nos ven los demás. Simplemente estamos allí.
No hemos solucionado nada.
Pero durante un instante hemos recuperado algo.
Nuestra capacidad de estar presentes.
La belleza nos obliga a detenernos
Siempre me han fascinado los amaneceres. No creo que haya visto ninguno que sea exactamente igual a otro y, sin embargo, todos cuentan una historia parecida. El cielo va cambiando lentamente, la oscuridad empieza a retirarse y aquello que unos minutos antes apenas distinguíamos comienza a tomar forma.
Nada ocurre de golpe.
Quizá por eso me gusta tanto contemplarlos.
Hay una especie de contradicción hermosa en un amanecer: sucede todos los días y, al mismo tiempo, nunca deja de ser extraordinario.
Pero para verlo hay que detenerse.
El amanecer no compite por nuestra atención. No manda una notificación. No intenta convencernos de nada. Si estamos mirando el teléfono, simplemente ocurre sin nosotros.
Y pienso que muchas de las cosas hermosas de la vida funcionan así.
No gritan.
Esperan.
Esperan a que miremos.
Quizá por eso una vida demasiado acelerada no solo nos cansa. También puede volvernos menos capaces de percibir aquello que merece ser contemplado.
La música pertenece a ese mismo lugar
Con la música ocurre algo parecido.
Podemos utilizarla como fondo para hacer otras cosas, y no hay nada malo en ello. Yo mismo lo hago. Pero hay una diferencia enorme entre oír música y escucharla.
Cuando escuchamos de verdad, tenemos que entregar algo.
Nuestra atención.
Durante unos minutos dejamos que otra cosa ocupe el centro. Seguimos una melodía, una respiración, una pausa, el momento exacto en el que una nota desaparece y todavía parece permanecer un instante en el aire.
Quizá por eso algunas piezas consiguen detenernos.
No necesariamente porque sean complejas. A veces ocurre precisamente con las más sencillas. Unas pocas notas pueden abrir un espacio que llevábamos todo el día necesitando sin saberlo.
Muchas veces, cuando compongo, pienso en eso.
No intento llenar cada segundo. Cada vez me interesa más lo contrario: dejar suficiente espacio para que quien escucha pueda entrar en la música con su propia historia.
Una melodía no necesita explicarlo todo.
La belleza tampoco.
Hay cosas que pierden algo cuando intentamos traducirlas completamente en palabras.
Quizá por eso seguimos necesitando el arte. Porque existen lugares de nuestra experiencia a los que el lenguaje cotidiano no siempre consigue llegar.
La belleza no elimina el dolor
También me parece importante decir esto.
Defender la belleza no significa ignorar lo difícil.
Sería ingenuo pensar que contemplar un paisaje o escuchar una pieza de piano puede resolver cualquier sufrimiento. Hay pérdidas que continúan doliendo. Hay situaciones injustas. Hay enfermedades, despedidas, miedos y momentos en los que la vida no se parece en absoluto a aquello que esperábamos.
La belleza no viene a negar nada de eso.
Quizá haga algo más humilde.
Nos recuerda que el dolor no es lo único que existe.
He pensado muchas veces en las personas que, atravesando momentos especialmente difíciles, siguen sintiendo la necesidad de escuchar música, cuidar unas flores, contemplar el cielo o guardar una fotografía.
¿Por qué seguimos buscando belleza precisamente cuando todo parece derrumbarse?
Tal vez porque necesitamos recordar que la realidad es más grande que aquello que nos está ocurriendo en ese momento.
No para escapar.
Para respirar.
Una melodía no borra una ausencia, pero puede acompañarla. Un amanecer no elimina una preocupación, pero puede recordarnos que el día vuelve a empezar. Un bosque no responde nuestras preguntas, pero puede devolvernos durante un rato una sensación de orden que habíamos perdido.
Y a veces eso es suficiente para continuar.
Quizá estamos dejando de mirar
Hay algo de nuestra época que me hace pensar mucho. Nunca habíamos visto tantas imágenes y, paradójicamente, no sé si alguna vez habíamos tenido tan poco tiempo para contemplarlas.
Pasamos una detrás de otra.
Un paisaje extraordinario dura dos segundos antes de que aparezca el siguiente. Una historia triste convive con un anuncio. Una obra de arte con una fotografía de unas vacaciones. Todo llega mezclado, rápido, reclamando la misma cantidad de atención.
Quizá el problema no sea que haya demasiada belleza.
Quizá sea que ya no permanecemos junto a ella el tiempo suficiente para que pueda hacer algo en nosotros.
Contemplar requiere tiempo.
Escuchar también.
Sentir también.
Y tal vez cuidar nuestra sensibilidad signifique precisamente recuperar ese tiempo.
No hacen falta horas. A veces bastan unos segundos verdaderos.
Mirar de verdad el árbol por el que pasamos todos los días.
Escuchar una pieza sin sostener el teléfono en la mano.
Levantar la vista cuando el cielo cambia de color.
Permanecer un poco más junto a aquello que nos conmueve, en lugar de pasar inmediatamente a lo siguiente.
Son gestos pequeños.
Pero quizá una vida consciente se construya precisamente así.
Lo que elegimos mirar termina formando parte de nosotros
Cada vez estoy más convencido de que aquello a lo que prestamos atención va construyendo lentamente nuestra forma de mirar el mundo.
Si durante todo el día alimentamos nuestra mente únicamente con miedo, comparación, prisa y conflicto, no debería sorprendernos que terminemos sintiendo que el mundo está hecho solamente de esas cosas.
Pero tampoco creo que la respuesta sea cerrar los ojos ante la realidad.
Creo que se trata de ampliar la mirada.
Ver también lo que sigue siendo hermoso.
La persona que ayuda sin que nadie la vea. El árbol que empieza a florecer. La conversación que nos devuelve la confianza. La música que aparece una noche y consigue acompañarnos. La luz entrando por una ventana cualquiera.
Nada de eso elimina lo demás.
Pero también forma parte de la vida.
Y merece nuestra atención.
Por eso sigo creyendo en la música
Cuando pienso en por qué compongo, podría hablar de muchas razones. Pero hay una que cada vez ocupa más espacio: quiero contribuir a que exista un poco más de belleza en el mundo.
No una belleza espectacular.
No algo destinado necesariamente a impresionar.
Me interesa una belleza más silenciosa. La que acompaña. La que permite respirar. La que podemos encontrar una mañana cualquiera sin que nadie nos haya avisado de que estaba allí.
Quizá una pieza de piano no cambie el mundo.
Pero puede cambiar durante unos minutos la manera en que una persona lo está mirando.
Y esos minutos importan.
Porque quizá después de escucharla esa persona trate con un poco más de paciencia a alguien. Quizá recuerde algo que había olvidado. Quizá salga a caminar. Quizá simplemente respire un poco más despacio.
Nunca sabré qué ocurre después de que una melodía abandona mis manos y entra en la vida de otra persona.
Y creo que eso también forma parte de su belleza.
No pases tan deprisa
Tal vez hoy tengas muchas cosas que hacer. Yo también.
Seguramente habrá problemas que solucionar, mensajes que responder y obligaciones que no pueden esperar.
Pero entre todas ellas quizá aparezca algo hermoso.
Puede ser muy pequeño.
La luz sobre una pared. Una canción que no escuchabas desde hace años. El viento moviendo las hojas. Alguien sonriendo. El cielo cuando empieza a oscurecer.
Cuando ocurra, intenta no pasar inmediatamente a lo siguiente.
Quédate unos segundos.
No tienes que fotografiarlo.
No tienes que compartirlo.
No tienes que hacer nada con ello.
Solo estar.
Porque quizá la belleza no sea un lujo que podamos permitirnos cuando todo lo demás está resuelto.
Quizá sea precisamente una de las cosas que nos ayudan a atravesar todo aquello que todavía no lo está.
Y quizá por eso seguimos necesitando la música.
Jan Uve