Escrito por Jan Uve
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Hay artistas cuya música te gusta y hay otros que, por alguna razón difícil de explicar, consiguen llevarte a un lugar diferente. Kate Bush siempre ha pertenecido para mí a este segundo grupo.
Llevo muchos años escuchando su música y todavía me sucede algo curioso con ella. Puedo intentar analizar qué es exactamente lo que me fascina: su voz, las melodías, las armonías, los sonidos, la producción, esa forma tan particular de interpretar cada canción… y, sin embargo, cuando termino de analizarlo todo, siento que sigue faltando algo.
Porque hay algo en Kate Bush que no sé explicar.
Y quizá precisamente ahí está su magia.
Una artista que creó su propio mundo
Lo primero que me fascinó de Kate Bush fue, naturalmente, su voz. Pero con los años he comprendido que lo extraordinario no es solamente su timbre o su enorme capacidad expresiva, sino la manera en que utiliza la voz para transportarte.
A veces puede sonar frágil, otras veces teatral, misteriosa, íntima, infantil, dramática o incluso inquietante. No parece utilizar la voz únicamente para cantar una melodía. La utiliza para crear personajes, imágenes y lugares.
Eso ya estaba presente desde el comienzo de su carrera. Cuando publicó Wuthering Heights en 1978, no escribió simplemente una canción inspirada en la novela de Emily Brontë. Decidió convertirse, de alguna manera, en Catherine y cantar desde dentro de la historia. Aquella canción terminó convirtiéndola en la primera mujer que alcanzaba el número uno en Reino Unido con una canción escrita por ella misma.
Pero lo que siempre me ha interesado de aquella historia no es el récord. Es lo que revela acerca de ella.
Desde muy joven parecía haber entendido algo que a mí también me fascina profundamente: que una canción puede ser mucho más que una canción. Puede ser una historia, un personaje, un paisaje, un recuerdo o incluso un mundo entero en el que entrar durante unos minutos.
Y eso es exactamente lo que siento muchas veces cuando escucho su música.
No siento que esté escuchando canciones.
Siento que estoy entrando en algún lugar.
Esa maravillosa libertad de hacer algo diferente
Hay discos de Kate Bush en los que continuamente aparecen pequeños acontecimientos sonoros. Voces que surgen de lugares inesperados, percusiones extrañas, sintetizadores, pianos, silencios, texturas, sonidos manipulados… elementos que quizá no deberían convivir y que, sin embargo, dentro de su universo parecen completamente naturales.
Su curiosidad por la tecnología también fue extraordinaria. Fue una de las artistas que entendieron muy pronto las posibilidades creativas del Fairlight CMI y del sampling. Pero lo que me interesa de esto no es la tecnología en sí. Lo interesante es para qué la utilizaba.
No parecía preguntarse: «¿Qué puedo hacer con esta máquina?».
Parecía preguntarse: «¿Qué sonido necesito para expresar esto que tengo dentro?».
Y esa diferencia me parece enorme.
Con el paso de los años fue tomando cada vez más control sobre la producción de sus discos hasta construir obras en las que prácticamente cada elemento parece formar parte de una visión muy personal.
Por eso escuchar The Dreaming o Hounds of Love sigue siendo una experiencia tan especial. Nunca sabes exactamente qué va a suceder.
Y me encanta eso.
Me encanta encontrar artistas que conservan la curiosidad suficiente como para preguntarse: «¿Y qué pasaría si hiciera esto?».
Creo que esa es una de las preguntas más bonitas que puede hacerse alguien que crea.
No quiero que el arte me lo explique todo
Hay otra cosa que admiro profundamente de Kate Bush: nunca he sentido que su música tenga miedo de ser extraña.
Y para mí eso es importantísimo.
Vivimos en un mundo en el que cada vez parece que todo debe entenderse inmediatamente. Las canciones, los vídeos, las imágenes, los mensajes… todo tiene que captar nuestra atención rápidamente y explicarnos enseguida qué quiere decir.
Pero algunas de las obras que más me han acompañado durante mi vida hacen exactamente lo contrario.
Te dejan espacio.
No terminas de comprenderlas la primera vez. Regresas a ellas y encuentras algo que antes no habías escuchado. Años después vuelves otra vez y descubres que ahora significan algo diferente porque tú también eres diferente.
Kate Bush siempre me ha producido esa sensación.
Su música puede ser tremendamente bella y al mismo tiempo extraña. Puede ser delicada y perturbadora. Puede hacerte sentir algo sin que seas capaz de ponerle un nombre.
Y creo que necesitamos eso.
Porque tampoco somos capaces de ponerle nombre a todo lo que ocurre dentro de nosotros.
La música como lugar
Quizá aquí está la conexión más profunda que siento con su obra.
Siempre me ha fascinado la capacidad que tiene la música para transportarnos a lugares que realmente no existen.
Hay canciones que escuchas y disfrutas. Pero hay otras que cambian completamente el lugar en el que te encuentras.
De repente una habitación deja de ser simplemente una habitación. Una carretera parece diferente. Un paisaje adquiere otro significado. Aparece un recuerdo que llevaba años escondido o incluso sentimos nostalgia por algo que nunca hemos vivido.
¿Cómo puede una combinación de sonidos hacer algo así?
No lo sé.
Y me parece maravilloso no saberlo.
Con Kate Bush me ocurre muchas veces. Sus canciones crean en mi imaginación lugares que solamente existen mientras las estoy escuchando. Y cuando la música termina, queda durante unos instantes una especie de eco de ese mundo.
Esa capacidad me ha influido muchísimo como compositor, aunque mi música sea completamente diferente a la suya.
Porque una influencia no tiene por qué significar querer sonar como alguien.
Las influencias más profundas, al menos para mí, funcionan de otra manera.
Te enseñan lo que es posible.
Lo que Kate Bush me enseñó sin saberlo
Kate Bush nunca me enseñó qué notas debía tocar ni qué sonido debía utilizar. Me enseñó algo mucho más importante: que un artista puede construir su propio universo.
Puede tener una sensibilidad propia. Puede experimentar. Puede proteger aquello que lo hace diferente. Puede seguir su intuición aunque esa intuición lo lleve hacia lugares que no encajan perfectamente en ninguna fórmula.
Y sobre todo me enseñó que la música puede crear un mundo.
Creo que eso es algo que, de una manera completamente distinta, yo también llevo mucho tiempo buscando cuando me siento delante del piano.
No quiero crear solamente melodías bonitas.
Quiero que durante unos minutos ocurra algo.
Me gustaría que alguien pudiera ponerse unos auriculares, escuchar una de mis piezas y sentir que el mundo exterior se aleja un poco. Que durante ese tiempo pueda existir en un lugar más lento, más íntimo, con menos ruido.
Un lugar donde haya espacio para sentir.
Quizá por eso me emociona tanto cuando leo vuestros comentarios y encuentro palabras como paz, refugio, silencio, naturaleza, recuerdos, respirar o volver a uno mismo.
Porque muchas veces pienso que yo nunca os expliqué todo eso.
Simplemente intenté ponerlo dentro de la música.
Y vosotros lo encontrasteis.
Construir un lugar al que regresar
Con los años me he dado cuenta de que muchos de los artistas que más me han influido tienen algo en común, aunque musicalmente sean completamente diferentes.
Vangelis podía hacerlo con sus sintetizadores y aquellos paisajes sonoros inmensos. Kate Bush lo hace desde un lugar completamente distinto, mezclando voz, melodía, experimentación, literatura, tecnología, interpretación y una imaginación extraordinaria.
Pero ambos consiguieron algo que para mí está por encima incluso de hacer grandes canciones.
Construyeron un mundo reconocible.
Y creo que eso es también lo que poco a poco estoy intentando construir alrededor de mi propia música.
Un pequeño universo hecho de piano, silencio, belleza, naturaleza, sensibilidad y paz. Un lugar al que alguien pueda regresar cuando fuera haya demasiado ruido.
Por eso Kate Bush es una influencia tan importante para mí.
No porque quiera hacer su música.
Sino porque artistas como ella me recuerdan que crear significa atreverse a mirar hacia dentro y confiar en que quizá, en algún lugar del mundo, habrá otra persona capaz de reconocer aquello que has encontrado allí.
Eso es algo que me parece casi mágico.
Dos personas pueden no conocerse. Pueden vivir a miles de kilómetros, tener edades diferentes y haber tenido vidas completamente distintas. Y un día una de ellas crea una música desde un lugar muy íntimo y la otra la escucha y siente algo que reconoce.
Sin necesidad de explicaciones.
Quizá eso es lo que llevo buscando toda mi vida cuando hago música.
Y quizá sea también la razón por la que, después de tantos años, sigo escuchando a Kate Bush y teniendo la sensación de que hay algo en su obra que no termino de comprender.
Espero que siga siendo así.
Porque algunas cosas no necesitan ser explicadas.
A veces basta con sentirlas.
Y cada vez que escucho a Kate Bush tengo esa extraña y maravillosa sensación de que durante unos minutos se abre una puerta y, al otro lado, existe un lugar al que solamente podemos llegar a través de la música.
Jan Uve